Tenemos el honor de contar en nuestra web con Celso Alcaina Canosa (Muxía, 1934), una de las voces más autorizadas y con una de las trayectorias académicas y jurídicas más completas para analizar el funcionamiento de la Iglesia Católica. Doctor en Teología, licenciado en Derecho y antiguo oficial en el Vaticano, Alcaina plasma en su libro Vaticano: Magia, mito, dogma, poder sus vivencias en el Santo Oficio entre 1967 y 1975, un periodo clave marcado por el espíritu del Concilio Vaticano II y las resistencias internas de la Curia Romana. A continuación, le planteamos diez preguntas fundamentales sobre su testimonio, su experiencia directa junto al Cardenal Ottaviani y las reflexiones filosóficas de su obra.
¿Cómo se produjo su nombramiento para el Santo Oficio y qué sintió al ser recibido por el cardenal Ottaviani?
Fue algo inesperado y sorprendente. Yo había entregado los cinco ejemplares de mi tesis bíblica en la Universidad Santo Tomás. En menos de un mes debía defenderla ante un tribunal. El rector del Pontificio Colegio Español, donde yo residía, se me acercó para decirme que monseñor Parente, el segundo del Santo Oficio, quería verme. Fui al Vaticano. Parente me propuso el nombramiento para el más alto cargo de los funcionarios: aiutante di studio. Pedí tiempo para aceptar. Después de varios días, con mi título de doctor en mano, el cardenal Ottaviani me recibió y me dio una carta dirigida al cardenal Quiroga con el nombramiento pontificio. Yo estaba aturdido. Conocía al cardenal Ottaviani por la prensa y la televisión. Era muy famoso por sus polémicas actuaciones en el Concilio y por sus ya históricas condenas dirigidas a teólogos, incluso a estados soberanos. Se le llamaba el «baluardo della Chiesa» (el baluarte de la Iglesia). Tuve la sensación de ser atrapado. Acepté sin convicción.
Tras el Vaticano II, con la entrada de clérigos jóvenes de diversos países, ¿cambió la rutina y la mentalidad dentro del Dicasterio?
El hecho de que unos seis jóvenes clérigos de diversos países entráramos simultáneamente en el Santo Oficio hacía esperar que el Dicasterio estuviera modernizándose, siguiendo las directrices del Vaticano II. Era lo que, al parecer, pretendía Pablo VI. Pero no fue así. Desde el primer día de mi actividad en el Palazzo, observé que nada estaba cambiando y que seguíamos con las rutinas seculares: poca o ninguna comprensión hacia los teólogos punteros, convicción de poseer la verdad absoluta, autoritarismo y centralismo. El cardenal Ottaviani era fiel a su lema «semper idem» (siempre lo mismo), el cual había estampado en su escudo episcopal. Dentro de una institución dogmática y con un papa infalible, su ideología y su proceder eran indiscutibles. Ottaviani estaba convencido de que el Vaticano II se había equivocado; el Tridentino y el Vaticano I marcaban la pauta.
Esa ruta fue seguida durante mis ocho años de oficial, porque el cardenal Franjo Šeper, sucesor de Ottaviani, no la alteró. Tampoco tenía capacidad para cambiarla porque era cortito de mente. Es más, la estructura del Dicasterio no cambió y siguieron los mismos miembros en sus estamentos. La llamada Consulta, órgano formado por unos treinta peritos, estaba integrada por curiales y por profesores romanos con escasos conocimientos teológicos, ciertamente inferiores al conocimiento y maestría de los teólogos punteros del Concilio y del posconcilio. Esta pésima valoración ha de aplicarse, particularmente, a la Plenaria de Cardenales, máximo órgano del Santo Oficio. Asistían unos veinte purpurados residentes en Roma, antiguos curiales o antiguos nuncios, sin un conocimiento teológico especial, claramente inadecuados para enjuiciar a teólogos y autores reconocidos mundialmente. Los esfuerzos de los nuevos oficiales se estrellaban contra la línea tradicional seguida por los responsables del Dicasterio y por curiales adictos.
¿Por qué le resulta tan difícil a la Iglesia romana admitir sus propios errores institucionales?
Nuestra Iglesia es una institución dogmática. Eso significa que no puede ceder a las novedades y a los avances que, naturalmente, son indispensables y necesarios en la humanidad. Históricamente, la Iglesia romana reconoció errores basándose en el influjo de los creyentes, de estados soberanos y de una sociedad mutante. A veces esos cambios obedecen a concilios y definiciones de la propia institución; son los cambios internos. En nuestro caso, esos cambios —los deseables— procedían de un concilio: el Vaticano II. Pero el Vaticano II no era reconocido por los jefes y curiales del Santo Oficio. Admitir los errores es muy difícil para quien está convencido de poseer la verdad.
¿Qué suerte corrieron aquellos teólogos vanguardistas que intentaron renovar la Iglesia tras el Concilio?
Los teólogos punteros, entre ellos los que insuflaron aire fresco en el Vaticano II, se vieron incomprendidos y acorralados por Roma, que frenó el desarrollo de su teología. Es lo peor que podría esperarse. Otros fueron encausados y juzgados sin derecho a una defensa efectiva. En mi libro aporto algunos ejemplos de ello.
Ante este panorama de inmovilismo doctrinal, ¿cuál fue la reacción de su grupo de compañeros?
Mi decepción y la de los compañeros de mi quinta era similar. Nuestro trabajo resultaba inútil y, a veces, improcedente. La tensión se mascaba. Los consultores y cardenales desatendían nuestras sugerencias y conclusiones. De los que habíamos entrado en 1967/1968, solo se quedó uno que pertenecía a una orden religiosa. No podíamos aguantar el inmovilismo y el dogmatismo. Era pura soberbia doctrinal.
¿Qué camino tomaron aquellos que decidieron quedarse y qué le impulsó a usted a distanciarse de la Curia?
Mis compañeros curiales, los que resistieron, fueron ascendidos al episcopado y uno al cardenalato. Es lo normal y usual en la carrera eclesiástica. Pero también es normal y explicable prescindir de esos ascensos si estás en desacuerdo con la institución. No he sido el único en alejarme. En Comillas y en el Instituto Bíblico había recibido una formación especial de crítica a la doctrina eclesiástica y a la Biblia. La aceptación ciega era algo inaceptable para mí y la consideraba inhumana.
En los textos que recopila en su obra se percibe un tono marcadamente irónico. ¿A qué se debe este estilo?
Incluyo en el libro unos pocos artículos de los muchos publicados en los últimos años. Su tono, a veces irónico, depende del estado de ánimo. Hay momentos y temas en los que cabe la ironía. Cualquier proceder y estilo puede ser útil para enganchar al lector.
En su libro analiza la transición del pensamiento humano. ¿Cómo se pasa de la magia al mito, y de este al dogma?
Lo primero que los humanos descubrieron fue la magia. Vinculada a los fenómenos observados, los hombres consideraron que ciertos objetos y actos contenían en sí mismos fuerzas ocultas incontroladas. También a nuestros sacramentos se les atribuye una virtualidad «ex opere operato», lo cual es un resabio de la magia.
Cuando la humanidad evoluciona, surge el mito. Es una elevación a lo desconocido (o al Desconocido) con base en la observancia de fenómenos inexplicables para el hombre y atribuibles a un ser superior. Así surgen los dioses.
Del mito surge el dogma cuando las afirmaciones y creencias son tenidas o impuestas como ciertas e incuestionables. Si hay una autoridad visible que se atribuye el poder de imponer e interpretar el dogma, estamos ante la dominación mental de aquellos que se consideran súbditos de esa autoridad. Eso es el poder.
¿Ha cambiado la Curia Romana en la actualidad o solo se trata de una estrategia de cara al exterior?
La Curia Romana no ha cambiado ad intra (hacia dentro). Su composición y sus defectos siguen siendo los mismos; es un paripé de control. Se ha visto obligada a mutar ad extra (hacia fuera), en sus funciones. Una vez desaparecidos los papas Wojtyla y Ratzinger, la calma se instauró en la Curia. Surgió el convencimiento de que es inútil y perjudicial luchar contra los pensadores de la teología. El Vaticano prefiere recurrir a actos multitudinarios que aseguren e incrementen su liderazgo mundial, al margen de lo doctrinal. Todos observamos que el actual Papa apenas proclama doctrina en sus viajes y se presenta como un jefe de Estado más que como un líder religioso.
A modo de conclusión, ¿cuál debería ser la máxima de un creyente frente a las estructuras de poder religioso?
Ser conscientes de nuestra libertad y de nuestro potencial mental. Nunca ser un esclavo intelectual, y menos aún de quien se arrogue la representación de un dios.
Agradecemos enormemente a Celso Alcaina el tiempo dedicado a responder a estas preguntas y, sobre todo, la valentía y honestidad de su testimonio. Vaticano: Magia, mito, dogma, poder no es solo una crónica histórica de un periodo irrepetible de la Iglesia, sino una invitación necesaria a reflexionar de manera madura, crítica y transparente sobre las bases de la religión. ¡No os perdáis su lectura!

